¿Educación versus tecnología?
“Blas
nunca ha oído hablar de su tocayo Blas Pascal, a quien el padre encerró para
que no se distrajera con las ciencias y estudiase las lenguas. Blas no sabe que
así como en 1632 aquel otro Blas de nueve años, dibujando con tiza en la pared,
reinventó la Geometría de Euclides, él, en 2132, acaba de reinventar el libro”
Cassette, Imbert
En las últimas décadas
se ha hablado de la revolución tecnológica y de cuáles son y/o podrían ser sus
implicancias en las distintas esferas de la sociedad, y la educación es una de
ellas. Al abordar esta temática se da por supuesto lo que se entiende por
tecnología y poco se reflexiona sobre su significado y su lugar a lo largo de
la historia. De esta forma, se construyen supuestos pensando en posibles
consecuencias a futuro y se esbozan lineamientos de su buen uso dentro de las
aulas. Abunda material sobre los beneficios de utilizar “bien” los recursos
tecnológicos en las clases, pero poco se presta atención a la relación con las
políticas sociales y económicas de los países. Liguori (2005) afirma que “la
dimensión social es constitutiva del hecho científico y tecnológico” (p. 4). Se realizan
comparaciones entre escuelas estatales de los distintos continentes como si el
concepto de educación pública fuera el mismo en todas las sociedades, se
sostiene que el buen uso de las tecnologías incentiva el aprendizaje y
que por ende, en el/la docente radica la responsabilidad de sacar provecho de
las mismas. Sin embargo, siguiendo los lineamientos de la autora, “las
nuevas tecnologías, por sí mismas, no transforman las estructuras sociales sino
que se incorporan a ellas” (Liguori, 2005, p.5)
Por lo tanto, ¿desde
dónde se va a pensar la tecnología aplicada a la escuela? y ¿cuánto de
revolución hay en ella? En este sentido, es interesante señalar que “los
medios y los métodos tecnológicos que se incorporan al campo educativo tienen
su origen en otros ámbitos, generalmente en empresas o en el área militar. En
ese traspaso de medios y métodos de un campo a otro, de forma acrítica,
arrastra los conceptos y las valoraciones de la racionalidad instrumental o
técnica, de forma tal que, desde el surgimiento de los primeros medios
audiovisuales (radio, televisión, video, etc) hasta el desarrollo de las nuevas
tecnologías o la modernización de la escuela. (Liguori, 2005, p.7) Con lo cual, el
incentivo del uso de la tecnología como innovación y recurso para mejorar la
enseñanza no es inocente. Depositar en ella la esperanza del interés de los/las
estudiantes por el saber, es correr de lugar la importancia en la creatividad
del/de la docente. La tecnología no nos conecta con el mundo desde un lugar de
experiencia, sino desde un lugar de consumo, el aprendizaje significativo, es
el que pasa por el cuerpo, por las emociones, por la interacción con el medio y
con los/las otro/as, no por un teclado o una pantalla. Desde este lugar, es un
recurso más, depende de qué mundos posibles habilite para que sea interesante o
no su uso.
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